El pulso político del plato: soberanía, agroecología y la realidad del campo en América Latina
El panorama estructural de la agricultura familiar y la seguridad alimentaria en América Latina
El campo en América Latina y el Caribe vive hoy un momento crítico. Por un lado, está la presión de producir suficiente alimento nutritivo para una población que no para de crecer. Por el otro, la urgencia de asegurar un sustento digno para las familias rurales. Y encima, la obligación ineludible de frenar la degradación ambiental y el azote del cambio climático (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura [FAO], 2024). Esta encrucijada se reparte de forma muy desigual en la geografía de la región. Mientras que Sudamérica genera el 83% de los alimentos de la zona, Centroamérica aporta el 15% y el Caribe apenas llega al 2% (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; FAO, 2024). Si lo vemos por países, la concentración es todavía más chocante: solo tres naciones —Brasil, Argentina y México— acaparan el 74% de la producción total de alimentos de la región (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; FAO, 2024).
A pesar de esta enorme maquinaria exportadora, el hambre y la incertidumbre para conseguir comida van en aumento (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; FAO, 2024). La FAO estima que el 28% de la población regional vive en situación de inseguridad alimentaria grave o moderada, un golpe que reciben con más fuerza las mujeres y las familias campesinas (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; FAO, 2024). La raíz del problema no es que falte comida, sino que no hay dinero para pagarla: América Latina tiene la dieta saludable más cara del mundo, lo que deja fuera de una buena alimentación al 27.7% de su población (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; FAO, 2024). Al mirar los números de cerca, esta imposibilidad de costear platos equilibrados afecta al 21% de la gente en Sudamérica, al 22% en Centroamérica y a un alarmante 55% en el Caribe (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; FAO, 2024). La pandemia y los conflictos internacionales recientes empeoraron las cosas al disparar los precios de la comida básica, el combustible y los fertilizantes, amenazando con tirar a la basura años de lucha contra el hambre (Frente Parlamentario contra el Hambre [FPH], 2020). De hecho, la pobreza en el campo subió del 30% en 2019 al 33% en 2020, y la pobreza extrema rural pasó del 11% al 13% (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL] & FAO, 2019).
Históricamente, la pobreza en las zonas rurales es casi el doble de la urbana, y la pobreza extrema rural llega a ser 2.6 veces más alta que la de las ciudades (CEPAL & FAO, 2019). Esta marginación tiene mucho que ver con la existencia de unos 16.5 millones de pequeñas fincas familiares de baja productividad, que batallan con suelos cansados, parcelas minúsculas y un acceso sumamente restringido al apoyo estatal o financiero (CEPAL & FAO, 2019). Solo el 30% de los adultos del campo tiene acceso a una cuenta bancaria o servicios financieros formales, principalmente por lo aisladas que están sus comunidades, sus bajos ingresos, la falta de garantías y el propio riesgo que implica sembrar (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022).
El trabajo en el campo es sumamente precario. Depende del clima, es temporal, carece de seguridad social y arrastra problemas graves como el trabajo infantil o esquemas de explotación laboral forzada (CEPAL & FAO, 2019). El llamado “Boom Agrícola” mostró que el éxito del agronegocio moderno y exportador corre por una vía completamente distinta al bienestar de los pueblos locales (FAO, 2009). Esto mantiene el Índice de Gini de desigualdad de ingresos en un promedio de 0.55, el más injusto del planeta, aunque se hayan visto mejoras muy pequeñas en lugares como Argentina, Bolivia, Panamá y Venezuela (FAO, 2009).
Sin oportunidades reales, el campo se está quedando vacío. Se calcula que unos 30 millones de latinoamericanos viven fuera de su país de nacimiento, y la mitad de ellos viene de México y Centroamérica (CEPAL & FAO, 2019). Esta migración corta de tajo el relevo generacional y deja las tierras en el olvido (Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica, 2024). Es una lástima, porque la soberanía alimentaria de la región depende de la agricultura familiar (FPH, 2020). En todo el mundo, la pequeña producción familiar genera más del 80% de la comida en valor y maneja entre el 70% y el 80% del suelo agrícola (FAO, 2014; FPH, 2020). En nuestra región, este sector sostiene a unos 60 millones de personas y representa el 75% de las fincas (FPH, 2020). Sin embargo, la presión del agronegocio corporativo las ha ido arrinconando. En Argentina, por ejemplo, el aporte de los pequeños productores a la canasta alimentaria nacional cayó de un 52% en 1988 a un triste 25% en 2011 (PROINDER, 2007). El cambio climático también está jugando en contra, reduciendo las cosechas en las zonas más cálidas debido al aumento de temperaturas, la falta de lluvias y ciclos de cultivo más cortos que no dan tiempo a que el grano madure bien (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022).
Estructura agraria y disparidades productivas: el contraste territorial
Al mirar los números de la tenencia de la tierra y la representatividad agrícola por países, las diferencias estructurales saltan a la vista. En México, la agricultura familiar representa el 81.3% de las fincas registradas, mientras que en Guatemala la cifra escala al 98.1% y en Haití llega prácticamente al total con un 99.6% (Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura [IICA], 2025). El promedio en la subregión de Mesoamérica ronda el 84.2%, mientras que en el Caribe asciende al 98.9% (IICA, 2025).
En contraste, el caso de Argentina muestra una brecha enorme respecto a la distribución del territorio. Los pequeños productores representan el 66% de las explotaciones nacionales, pero manejan apenas el 13.5% de la superficie agrícola total (PROINDER, 2007). De igual manera, el tamaño promedio evidencia la profunda desigualdad del sector, pues una finca catalogada bajo la agricultura familiar ronda las 107 hectáreas frente a las 1,320 hectáreas promedio de una explotación de corte empresarial (Obschatko et al., 2007). Estas disparidades confirman que, a pesar de ser la base del abasto alimentario, los pequeños productores gestionan el territorio en condiciones de extrema desventaja espacial frente a los grandes capitales de exportación.
La tensión conceptual de Slow Food en el sur global: Epistemología, soberanía y “food studies”
Para responder a la marea de la comida rápida y a una industria que borra la identidad de lo que ponemos en el plato, Carlo Petrini fundó el movimiento Slow Food en Italia a mediados de los ochenta. Su idea era simple: unir el placer de comer con la conciencia de saber de dónde viene cada ingrediente, rescatando recetas locales y defendiendo la biodiversidad de cercanía (Petrini, 1986). Con los años, esta filosofía del Slow Living cruzó la mesa y contagió al urbanismo, la educación, el diseño y la comunicación, promoviendo el tempo giusto, ese ritmo natural que nos ayuda a comer, descansar y vivir mejor en un mundo obsesionado con la velocidad (Anuario Electrónico de Estudios sobre Comunicación Social, 2013; Honoré, 2004).
El problema surge al traer estas ideas europeas a América Latina. En los países ricos, el movimiento suele asociarse con la apreciación estética del sabor, el rescate patrimonial o el consumo de nicho para clases medias y altas. En cambio, en el Sur Global, hablar de comida es hablar de lucha social, defensa de la tierra y soberanía alimentaria. Este concepto, impulsado por La Vía Campesina a finales de los noventa, reúne a un grupo muy diverso de colectivos, desde movimientos indígenas hasta activistas agroecológicos (Edelman & Borras, 2016). Para ellos, la soberanía alimentaria no es solo tener acceso a comida sana, sino el derecho de los pueblos a decidir cómo siembran, protegiendo sus semillas nativas, su agua y su territorio de las patentes corporativas y la especulación de los mercados globales.
En América Latina, los estudios sobre alimentación (food studies) revelan contradicciones muy duras. Convivimos con balanzas comerciales agrícolas sumamente exitosas y, al mismo tiempo, con desnutrición y obesidad crónicas (Fundación Heinrich Böll, 2021). México es el ejemplo perfecto: mientras rompemos récords exportando verduras finas, el 56% de las familias vive con inseguridad alimentaria, el 14% de los niños menores de cinco años sufre desnutrición crónica por baja talla y más de un tercio de los adultos tiene sobrepeso u obesidad (Fundación Heinrich Böll, 2021).
Por eso, la agroecología en nuestra región no es solo una técnica de cultivo sin químicos; es una postura política, antipatriarcal y decolonial (IPDRS, 2024). Proyectos como los de la Cooperativa de la cuenca baja de Guayas en Ecuador la usan como trinchera para defender el suelo vivo y darles a los jóvenes una razón digna para quedarse en el campo (IPDRS, 2024). En México, la defensa constitucional del maíz nativo bajo el lema de que “hechos de maíz somos” reivindica a los campesinos como verdaderos héroes culturales que protegen la biodiversidad frente a los transgénicos (Senado de la República de México, 2019). Redignificar el campo aquí significa entender que el placer de comer solo es ético si el territorio que produjo ese alimento vive con justicia social (Fundación Heinrich Böll, 2021).
Hacia dónde ir: Caminos y recomendaciones para el futuro
Salvar el campo latinoamericano y construir una gastronomía sostenible no puede ser una tarea que reciba apoyo solo de la filantropía de restaurantes caros o de las compras conscientes de unos cuantos. Aunque existen laboratorios locales muy valiosos, funcionan de manera aislada frente a un problema estructural mucho más grande: la falta de oportunidades en el campo, los precios desorbitados de los insumos y el azote constante del cambio climático (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022; CEPAL & FAO, 2019). Urge que los gobiernos de la región diseñen políticas públicas serias, con un enfoque real de género y soberanía alimentaria, que rescaten y amplíen estas experiencias locales (FPH, 2020; IPDRS, 2024). En el pasado ya vimos intentos de coordinar esfuerzos, como el programa chileno PRORURAL o la creación de la Secretaría de Desarrollo Territorial en Brasil, que buscaban organizar consorcios de municipios rurales (López & Melo, 2008; Ministerio de Desarrollo Agrario de Brasil, 2003).
Para avanzar por ese camino hoy, se sugieren varias acciones prioritarias. El primer frente de batalla está en las compras del Estado. Si las leyes obligaran a que una parte de los insumos para escuelas, hospitales, comedores públicos y prisiones se compre directamente a cooperativas locales y pescadores artesanales, se crearían mercados estables y se frenaría el monopolio de las grandes distribuidoras (FPH, 2020). Al mismo tiempo, es crucial financiar e inyectar recursos a los mercados territoriales y las ferias de barrio. Los pequeños productores alimentan a más del 70% de la población mundial usando menos de un tercio de la tierra cultivable, y en nuestra región la agricultura de barrio sostiene a la mitad de las familias urbanas más vulnerables (IPES-Food, 2024). Brindarles espacios dignos, transporte adecuado y apoyo logístico es un acto de justicia básica.
El dinero también tiene que fluir hacia los más desfavorecidos. La banca de desarrollo debe abrir microcréditos pensados para la agroecología, con tasas preferenciales y sin las trabas de garantías hipotecarias tradicionales que hoy marginan al 70% de la población rural, dando prioridad absoluta a las mujeres que suelen tener menos tierras e ingresos propios (Banco Interamericano de Desarrollo, 2022). También hace falta subsidiar y validar los Sistemas Participativos de Garantía. Las agencias estatales deben avalar estos esquemas donde la propia comunidad certifica la producción ecológica mediante mecanismos de control horizontal y confianza mutua, evitando los altos costos de los sellos privados (IPDRS, 2024).
Para evitar abusos sobre la biodiversidad local por parte de terceros, la ley debe prohibir expresamente que empresas o particulares registren marcas o patentes sobre ingredientes tradicionales o recursos genéticos locales. La propiedad de este patrimonio colectivo debe ser inalienable e intransferible, recayendo únicamente en las comunidades tradicionales que lo han custodiado por generaciones (Associação Quilombo Kalunga [AQK] & Coordenação Nacional de Articulação das Comunidades Negras Rurais Quilombolas [CONAQ], 2019).
Por el lado del mar y la tierra, urgen programas de apoyo directo a la pesca artesanal y la agroecología comunitaria, promoviendo alternativas viables ante el cambio climático, como el cultivo de camarón en zonas secas o la acuicultura de bajo impacto (FPH, 2020; Salcedo & Guzmán, 2014). Para cerrar, todo este esfuerzo servirá de poco si no cambiamos nuestra mentalidad sobre la comida. El sistema educativo nacional debe integrar huertos escolares y programas de alimentación consciente (FPH, 2020). Al enseñar desde la infancia a valorar de dónde viene lo que comemos y a respetar los ritmos del campo, formaremos consumidores capaces de entender que cuidar el trabajo campesino es la única manera de asegurar la salud pública y defender la soberanía de nuestra tierra.
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Autor
Lexi Martínez Villa
Especialista en manejo normativo y regulatorio de la Responsabilidad Social y Sostenibilidad
Referencias
- Associação Quilombo Kalunga (AQK) & Coordenação Nacional de Articulação das Comunidades Negras Rurais Quilombolas (CONAQ). (2019). Nota de contestação contra as ações do Instituto Atá. Goiás, Brasil.
- Banco Interamericano de Desarrollo (BID). (2022). Desarrollo sostenible de la agricultura en América Latina y el Caribe: Desafíos y oportunidades. Washington, D.C.: BID.
- Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) & Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). (2019). Perspectivas de la agricultura y del desarrollo rural en las Américas 2019-2020. Santiago, Chile: CEPAL/FAO/IICA.
- Edelman, M., & Borras, S. M. (2016). Soberanía alimentaria: Un análisis crítico de la agricultura familiar. Ginebra, Suiza.
- Frente Parlamentario contra el Hambre (FPH). (2020). Agricultura Familiar para avanzar hacia sistemas agroalimentarios más sostenibles. Santiago de Chile: FAO.
- Fundación Heinrich Böll. (2021). Desigualdades, alimentación y agricultura: Justicia y soberanía alimentaria en el continente. Ciudad de México, México.
- Honoré, C. (2004). Elogio de la lentitud: Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad. Barcelona, España: RBA.
- Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA). (2025). Estructura agraria y empleo rural en Mesoamérica y el Caribe. San José, Costa Rica: IICA.
- IPES-Food. (2024). Alimentos con los pies en la tierra: Redes alimentarias diversas y mercados territoriales. Bruselas, Bélgica: IPES-Food.
- Petrini, C. (1986). Slow Food: El caso de la gastronomía consciente. Roma, Italia.

