Día a día: la manera en la que contribuimos al cambio climático
El calentamiento global es un fenómeno que todos conocemos y son varios los factores que lo incrementan. Sin embargo, la consciencia sobre nuestros actos cotidianos y cómo perjudican al planeta aún son desconocidos en muchas ocasiones.
Por Tamara Tolumes
Actualmente existe una creciente conciencia colectiva sobre el calentamiento global y la influencia decisiva de las actividades humanas en este fenómeno. Según la página web de Acción por el Clima de las Naciones Unidas, la principal causa de los gases de efecto invernadero es el uso de combustibles fósiles, responsables del 75% de estos gases y del 90% de las emisiones de CO₂. Esto los convierte en el mayor factor contribuyente al cambio climático.
Estos datos no sorprenden ni resultan novedosos para quienes están mínimamente familiarizados con el tema; porque se trata de un conocimiento casi universal. Sin embargo, lo preocupante es que muchas de nuestras acciones cotidianas contribuyen a agravar el problema, y lo hacemos sin siquiera ser conscientes de ello.
Todos tenemos rutinas diarias en las cuales cometemos faltas enormes que afectan drásticamente al medio ambiente. En un artículo de Neus Polou para La Vanguardia se mencionan 10 hábitos cotidianos que impactan de forma negativa al planeta. El primero de ellos es bastante conocido, pero sigue siendo importante insistir en la necesidad de cerrar ula llave del agua mientras nos enjabonamos. Según la Organización Mundial de la Salud —citada en el artículo—, tan solo una ducha de 10 minutos puede consumir hasta 200 litros de agua, lo que representa un 150 % más del uso recomendado.
Otro hábito perjudicial del día a día consiste en el uso de desodorantes en aerosol. Aunque antes estos productos se fabricaban con clorofluorocarbonos (CFC), unos compuestos que dañan la capa de ozono, afortunadamente su uso ha sido regulado en la actualidad. Aun así, sigue siendo preferible optar por presentaciones más sostenibles, como los desodorantes en barra o crema, que tienen un menor impacto ambiental.
Por otra parte, un hecho que cívicamente no es bien visto pero que a la vez trae consecuencias negativas para el medio ambiente es tirar chicles (goma de mascar) al suelo, ya que están compuestos en un 80% por plásticos. Los chicles pueden ser ingeridos por aves porque los confunden con comida, y como consecuencia esto les puede provocar asfixia. Una situación similar ocurre con los globos que uno suelta al aire, los cuales al desinflarse se quedan en el ambiente donde son ingeridos por animales.
Además, arrojar colillas de cigarrillo al suelo o al agua representa otro riesgo ambiental. Estas están hechas de acetato de celulosa, un material que puede tardar hasta 10 años en degradarse. En el artículo de La Vanguardia se cita información de la ONG Surfrider Foundation, que desde 1996 ha recogido estos residuos en entornos marinos. Solo en 2015 lograron recolectar 67.432 colillas durante 376 campañas en diferentes mares y océanos. Es una cifra sorprendente.
Otro aspecto preocupante es no dar a las pilas usadas el tratamiento adecuado. Esta mala gestión se traduce en la contaminación de hasta 3.000 litros de agua, debido a la cantidad de componentes tóxicos que contienen. Además, su proceso de degradación puede tardar entre 500 y 1.000 años. Por esta razón, es fundamental depositar las pilas en contenedores especiales para residuos peligrosos, con el fin de garantizar una gestión segura y responsable.
Otro aspecto de nuestra rutina poco ecoamigable es nuestra forma de conducir. Aunque se discute mucho sobre los vehículos a gasolina, híbridos o eléctricos, el modo en que manejamos también influye significativamente en el impacto ambiental. Polou señala que “es importante arrancar el motor sin acelerar o iniciar la marcha justo tras arrancar en motores de gasolina, y esperar unos segundos en los coches diésel. De igual manera, hay que utilizar marchas largas y mantener bajas revoluciones”.
Además, depositar toallitas húmedas en el inodoro no solo es un hábito inadecuado, sino que también agrava los problemas en los sistemas de alcantarillado, ya que estas toallitas se enredan con otro tipo de residuos y pueden provocar atascos en los drenajes. Según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), este problema representa un costo de entre 500 y 1.000 millones de euros en tareas de limpieza de aguas.
Por último, hay un elemento que contamina más de lo que se piensa, y que, paradójicamente, ha sido promovido como una solución a otros problemas ambientales por sustituir el papel. Se trata del almacenamiento de correos electrónicos. Según una nota del periódico Excélsior, estos datos se guardan en servidores que requieren refrigeración constante, la cual generalmente funciona con electricidad proveniente de combustibles fósiles. Esto genera una huella de carbono significativa.
La cantidad de energía necesaria para mantener este almacenamiento de correos depende del volumen de datos procesados: cuanto más pesado sea un archivo, más electricidad se necesita y, por ende, mayor es la emisión de CO₂. Se estima que existen 300 millones de usuarios de correo electrónico y que, si cada uno decide eliminar 50 correos al día (con un peso promedio de 75 kb), se podrían ahorrar 276 millones de kWh y evitar la emisión de 64 millones de kilogramos de CO₂, según indica el medio.
Dado lo anterior, se recomienda adoptar buenas prácticas como eliminar correos innecesarios de forma regular, evitar el uso de “cc” y “responder a todos” cuando no sea indispensable, enviar mensajes solo cuando sea estrictamente necesario, cancelar suscripciones a boletines irrelevantes, evitar usar múltiples dispositivos al mismo tiempo y apagarlos cuando no estén en uso.
Es importante que seamos conscientes de que muchas de nuestras acciones cotidianas perjudican significativamente al medio ambiente. Esto no debería ser motivo de regaño, sino un llamado a la reflexión y a la responsabilidad personal. Cambiar estos hábitos está en nuestras manos. Acciones tan simples como cerrar la llave mientras nos enjabonamos o limpiar nuestra bandeja de correos electrónicos pueden marcar una diferencia. Además de contribuir al cuidado del planeta, mejorar nuestros hábitos nos brinda una sensación de alivio: no dejar correr el agua innecesariamente o eliminar esa interminable lista de correos que, seamos honestos, probablemente nunca responderemos.
Es cierto que hay prácticas contaminantes en nuestra vida diaria que no siempre podemos evitar, pero muchas otras sí. Y es precisamente en esas donde debemos actuar con conciencia. Porque, aunque algún día, aunque ya no estemos aquí, las consecuencias de nuestros actos permanecerán.
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Autor
Tamara Tolumes
Consultora de marketing Cámara Verde de Comercio capítulo de México Estudiante Relaciones Internacionales
Referencias
United Nations. (s/f). Causas y efectos del cambio climático. United Nations. Recuperado el 1 de julio de 2025, de https://www.un.org/es/climatechange/science/causes-effects-climate-change
Palou, N. (2018, enero 18). Diez hábitos que contaminan más de lo que imaginamos. La Vanguardia. https://www.lavanguardia.com/natural/20180118/4496830855/contaminacion-habitos-cotidianos-ecologia.html
Franco, A. (2024, abril 25). ¿Por qué los correos electrónicos contaminan? Excélsior. https://www.excelsior.com.mx/hacker/por-que-los-correos-electronicos-contaminan/1648616

